Elementos claves de la comunicación no violenta:

Observar sin evaluar

Necesitamos observar claramente aquello que vemos, oímos o tocamos que afecta a nuestro bienestar, sin mezclarlo con una evaluación. Hacer observaciones constituye un elemento importante de la CNV mediante el cual intentamos comunicar a otra persona, de forma clara y sincera, cómo nos sentimos. 

El filósofo indio J. Krishnamurti dijo una vez que observar sin evaluar constituye la forma suprema de la inteligencia humana.

Identificar y expresar lo que sentimos

Se nos educa para orientarnos hacia los demás más que para estar en contacto con nosotros mismos. Tenemos metida en la cabeza la siguiente pregunta: “¿Qué quieren los demás que yo diga y haga?”.

Revelar nuestra faceta humana y expresar la propia vulnerabilidad pueden ayudar a resolver conflictos o situaciones de comunicación difíciles.

Asumir la responsabilidad de lo que me pasa

Cuando alguien nos transmite un mensaje negativo, sea verbal o no verbal, tenemos cuatro opciones con respecto a la manera de recibirlo. Una es tomárnoslo de manera personal, captando en él acusaciones y críticas. Por ejemplo, alguien está irritado con nosotros y nos dice: “¡Eres el humano más egocéntrica que he conocido en mi vida!”. Si nos tomamos la frase de forma personal, podemos reaccionar respondiendo: “Sí, debería ser más sensible con los demás”. Es decir, aceptamos el punto de vista del otro y nos echamos la culpa. Es una opción que vulnera nuestra autoestima y nos cuesta un precio muy alto, ya que nos lleva a sentirnos culpables, avergonzados y deprimidos.

Una segunda opción es echar la culpa a nuestro interlocutor. En respuesta a la afirmación “¡Eres el humano más egocéntrico que he conocido en mi vida!”, podríamos protestar diciendo: “No tienes derecho a decirme esto. Siempre tengo en cuenta tus necesidades. ¡Tú eres el egocéntrico!”. Cuando nos tomamos las afirmaciones de esta manera y echamos la culpa al otro, lo más probable es que sintamos rabia.

La tercera opción que tenemos cuando recibimos un mensaje negativo consiste en hacer que brille la luz de nuestra conciencia para ver con claridad nuestros sentimientos y necesidades. Así podríamos, por ejemplo, responder: “Cuando me dices que soy el humano más egocéntrico que conociste en tu vida, me siento herido, porque yo querría que reconocieras los esfuerzos que hago para tener en cuenta tus preferencias”. Al centrar la atención en nuestros sentimientos y necesidades, tomamos conciencia de que sentirnos heridos en esta circunstancia deriva de nuestra necesidad de que se reconozcan los esfuerzos que hacemos.

Cuando recibimos un mensaje negativo tenemos, finalmente, una cuarta opción, que consiste en iluminar con la luz de la conciencia los sentimientos y necesidades del otro en ese momento según ella misma los expresa. Podríamos preguntarle, por ejemplo: “¿Te sientes herida porque necesitas que se tomen en cuenta tus preferencias?”.

Todos los juicios, críticas y diagnósticos que emitimos, así como las interpretaciones que hacemos de los demás, son expresiones de nuestras propias necesidades. Si alguien nos dice: “Tú no me entiendes”, lo que está diciéndonos en realidad es que su necesidad de ser comprendido no está satisfecha. Cuando nuestra pareja nos dice: “Esta semana estuviste trabajando todas las noches hasta muy tarde; tu trabajo te importa más que yo”, lo que nos dice en realidad es que necesita que seamos más afectuosos con ella o el.

Siempre que manifestamos nuestras necesidades de una manera indirecta y nos valemos de evaluaciones, interpretaciones e imágenes, lo más probable es que los demás perciban críticas en nuestras palabras y que, por lo tanto, se defiendan o contraataquen. Si aspiramos a que los demás nos respondan de un modo solidario, al manifestar nuestras necesidades por medio de la interpretación o el diagnóstico de su comportamiento, estaremos actuando de manera contraproducente. En cambio, cuanto más directamente conectemos nuestros propios sentimientos y necesidades, más fácil será que los demás respondan a ellas de forma compasiva.

Es importante pasar de ser esclavos de nuestras emociones a liberarnos de ellas expresándolas. A lo largo de nuestra evolución hacia un estado de liberación emocional, la mayoría de nosotros pasamos por tres etapas en nuestra forma de relacionarnos con los otros.

Etapa 1: En esta etapa, a la que nos referiremos como esclavitud emocional, nos consideramos responsables de las emociones de los otros. Creemos que debemos esforzarnos constantemente en hacer felices a los otros. Y cuando nos parece que no lo son, nos sentimos responsables y obligados a hacer algo para que lo sean. Se trata de una actitud que nos lleva a ver a los humanos que nos son más próximas como una verdadera carga.

Etapa 2: En esta etapa nos damos cuenta del elevado coste que acarrea asumir la responsabilidad de las emociones de los otros e intentar adaptarnos a ellos a costa nuestra. Cuando me refiero a esta etapa, la llamo en broma “la etapa antipática”, porque acostumbramos a hacer comentarios como: “¡Ese es tu problema! Yo no soy responsable de tus emociones”. Tenemos claridad de aquello sobre lo que no tenemos responsabilidad, pero todavía no hemos aprendido cómo ser responsables ante los demás de una forma que no nos esclavice emocionalmente.

Etapa 3: En la tercera etapa, llamada “liberación emocional”, respondemos a las necesidades de los otros con compasión, nunca por miedo, sentimiento de culpa o vergüenza. Así, nuestros actos nos colman de satisfacción no solo a nosotros mismos, sino también a los otros que reciben nuestros esfuerzos. Aceptamos la plena responsabilidad de nuestras intenciones y nuestras acciones, pero no nos hacemos responsables de lo que le pasa al otro. Una vez alcanzada esta etapa, ya tenemos el pleno convencimiento de que no llegaremos nunca a satisfacer nuestras necesidades a costa de los otros. La liberación emocional implica expresar claramente cuáles son nuestras necesidades, teniendo también en cuenta la satisfacción de las necesidades de los otros.

Y ahora la pregunta es: ¿Cómo expresaremos lo que queremos pedir para conseguir que los demás respondan a nuestras necesidades de una manera compasiva?

Además de emplear un lenguaje positivo, también conviene evitar las frases de sentido vago, abstracto o ambiguo, y formular nuestras peticiones en forma de acciones concretas que los demás puedan realizar. Una historieta muestra a un hombre que se cayó en un lago. Mientras intenta llegar nadando a la orilla, le grita a su perro, que sigue en tierra: “¡Lassie, busca ayuda!”. En la viñeta siguiente vemos al perro tendido en el diván de un psiquiatra. Todos sabemos muy bien que las opiniones pueden variar enormemente en lo que se refiere a prestar ayuda.

Otro ejemplo: un empresario hace un auténtico esfuerzo para que sus empleados se comuniquen abierta y honestamente ante él, y les dice: “Quiero que se sientan en plena libertad para expresarse cuando yo esté presente”. Es una afirmación que comunica a los empleados el deseo del empresario de que “se sientan libres”, pero no comunica lo que podrían hacer para sentirse así. Para ello el empresario podría usar un lenguaje de acción positiva o formular su petición de la manera siguiente: “Me gustaría que me dijeran qué puedo hacer para que se sientan en plena libertad de expresarse”.

Cuanto más detalles mostremos con respecto a lo que esperamos del otro, más probabilidades tenemos que se satisfagan nuestras necesidades.

En algunos casos bastará con una simple pregunta como “¿Entendiste?”. En otros, nos hará falta algo más que una respuesta como “Sí, te entiendo”, para estar seguros de que la otra persona realmente nos comprendió. En tales casos no estará de más que pidamos que nos confirme con sus propias palabras lo que nos oyó decir; entonces tendremos ocasión de repetir ciertas partes de nuestro mensaje y rectificar cualquier discrepancia u omisión que hayamos podido percibir.

La empatía

La empatía consiste en una comprensión respetuosa de lo que los demás están experimentando. El filósofo chino Chuang-Tzu afirmó que la verdadera empatía requiere escuchar con todo el ser: “Escuchar simplemente con los oídos es una cosa. Escuchar con el entendimiento es otra distinta. Pero escuchar con el alma no se limita a una sola facultad, al oído o al entendimiento. Exige vaciar todas las facultades. Y cuando las facultades están vacías, es todo el ser el que escucha. Entonces se capta de manera directa aquello que se tiene delante, lo cual jamás podrá oírse a través del oído ni comprenderse con la mente”. En nuestra relación con los otros la empatía solo se produce cuando hemos sabido desprendernos de todas las ideas preconcebidas y todos los prejuicios.

La comprensión intelectual bloquea la empatía. Cuando creemos que tenemos que “arreglar las cosas” para que los otros se sientan mejor, dejamos de estar presentes. El elemento clave de la empatía es la presencia, la capacidad de estar totalmente presentes con el otro y lo que está sintiendo. Esta calidad de presencia es lo que distingue la empatía de una comprensión intelectual o de compadecerse ante lo que le ocurre a otra persona. Aun cuando en algunas ocasiones podamos optar por compartir las emociones que se despiertan en nosotros al escuchar a otras humanos, conviene que tengamos muy presente que compartir cómo nos conmueve lo que oímos del otro no es lo mismo que ofrecer empatía.

La conexión con uno misma/o

Si somos interiormente violentos para con nosotros mismos, es difícil que seamos realmente compasivos con los otros.

Un área importante donde esta violencia puede reemplazarse por la compasión es nuestra permanente evaluación de nosotros mismos. Es fundamental saber evaluar los hechos y las condiciones con las que nos encontramos de maneras que nos ayuden a aprender y a elegir sobre la marcha opciones que nos sean útiles. Lamentablemente, nos han enseñado a evaluarnos de una manera que a menudo contribuye más a fomentar el rencor hacia nosotros mismos que a aprender.

Resulta trágico que, ante equivocaciones que cometemos, muchos de nosotros nos quedemos enredados en un sentimiento de odio hacia nosotros mismos en lugar de beneficiarnos de equivocaciones que nos revelan nuestras limitaciones y nos guían hacia el crecimiento personal.

Aun cuando a veces “aprendemos la lección” de los errores por los que nos juzgamos tan duramente, me preocupa la naturaleza de la energía que está detrás de este tipo de cambio y aprendizaje. Preferiría que el cambio estuviera estimulado por un claro deseo de enriquecer nuestra propia vida o la de los demás, y no por energías destructivas como la vergüenza o la culpa.

La vergüenza no es mala es parte de la vulnerabilidad. Aunque nuestra intención sea comportarnos con más amabilidad y sensibilidad, si los otros perciben que detrás de nuestras acciones hay vergüenza o culpa, es menos probable que aprecien lo que hacemos que si nos sentimos motivados puramente por el deseo humano de contribuir a la vida.